El eterno pedregal de Ondarreta: dos décadas de parches, escombros históricos y la inacción de las instituciones

Año tras año, la bajamar destapa una alfombra de piedras y ladrillos en la bahía de La Concha. Mientras los tractores sacan cientos de toneladas en operaciones nocturnas para la foto, el Ayuntamiento y la Dirección de Costas siguen pasándose la pelota sin aportar una solución definitiva.

Cada verano, cuando la marea baja en la playa de Ondarreta, el paisaje idílico de la bahía de La Concha se interrumpe abruptamente. Lo que debería ser una alfombra de arena fina para los bañistas del barrio de El Antiguo se transforma en una carrera de obstáculos de rocas, ladrillos, trozos de hormigón y cantos afilados. La estampa se repite con la precisión de un reloj suizo, igual que la respuesta institucional: tractores a las tres de la madrugada, comunicados triunfantes sobre cientos de toneladas retiradas y, al cabo de tres mareas, las piedras vuelven a ganar la partida.

Piedras y cascotes al descubierto durante la bajamar en la playa de Ondarreta en San Sebastián
Piedras y cascotes acumulados al descubierto durante la bajamar en la playa de Ondarreta.

El discurso oficial insiste en calificar la aparición de rocas como un «fenómeno marino natural». Es la coartada perfecta para justificar la impotencia pública. Sin embargo, la ciencia desmonta el argumento. Los informes de la Sociedad de Ciencias Aranzadi y del centro tecnológico AZTI coinciden en el diagnóstico: las piedras de Ondarreta no provienen de acantilados ni de la fuerza del Cantábrico; son, en su inmensa mayoría, escombros.

Un legado de 150 años sepultado bajo la arena

Para entender la pesadilla de Ondarreta hay que mirar al mapa de San Sebastián en el siglo XIX. En 1873, la zona alta de la playa se acondicionó como campo de maniobras de cañonería militar utilizando cascotes y rellenos. A eso se sumaron las demoliciones de antiguas villas, infraestructuras y la canalización de tuberías hacia la isla de Santa Clara.

Durante décadas, este vertedero histórico permaneció soterrado y retenido en la parte superior del arenal. El punto de inflexión definitivo llegó en el año 2005, cuando las obras de remodelación de la playa eliminaron el antiguo muro de contención. Sin esa barrera física, la dinámica estacional del oleaje —que en invierno retira arena hacia el mar y en verano la desplaza hacia la parte alta— comenzó a remover y arrastrar hacia la orilla los escombros acumulados en las capas profundas.

El juego de la pelota institucional

Desde entonces, la gestión del problema ha vacilado entre el cortoplacismo y la elusión de responsabilidades. El Ayuntamiento de San Sebastián despliega cada temporada retroexcavadoras y camiones en horario nocturno. El espectáculo logístico es vistoso, pero inútil a medio plazo: se gastan decenas de miles de euros de dinero público en filtrar los primeros centímetros de arena para despejar la foto matutina, sabiendo que la marea siguiente devolverá a la superficie las rocas sepultadas a mayor profundidad.

Por su parte, la Demarcación de Costas —dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica— observa la situación con pasividad burocrática, poniendo reparos a proyectos de extracción de mayor calado con el pretexto de no alterar la dinámica litoral, pero sin proponer una alternativa técnica viable. La falta de coordinación entre la administración local y la estatal ha convertido Ondarreta en una tierra de nadie donde las competencias se diluyen y los ciudadanos tropiezan.

Entre la indignación vecinal y la guasa donostiarra

Mientras las instituciones se cruzan reproches y marean la perdiz con estudios que se acumulan en los cajones, la ciudadanía donostiarra oscila entre el monumental enfado y la ironía costumbrista. Se habla en la calle del «spa de reflexología podal obligatoria» de Ondarreta o de la única playa urbana con cantera propia.

En redes sociales, desde el equipo de Descubre Donostia hemos querido abordar la situación con una buena dosis de humor frente a la inacción pública. Como muestra, aquí tenéis el reel que hemos producido y compartido con nuestra comunidad:

¿Existe una solución real o nos resignamos a las piedras?

Los expertos coinciden en que no existen varitas mágicas, pero sí alternativas más ambiciosas que el simple criba estival. Se han planteado proyectos de extracción profunda focalizada, cribados sistemáticos fuera de la temporada de baño o la colocación de geotextiles de contención en la zona intermareal. Sin embargo, todas estas opciones exigen una inversión económica continuada y una planificación conjunta entre el Ayuntamiento y el Gobierno Central que ninguna de las dos partes parece dispuesta a asumir.

Hasta que haya el valor político de abordar el problema de raíz, a los vecinos y visitantes de Donostia solo les queda armarse de paciencia, calzarse los escarpines y contemplar cómo, verano tras verano, la marea sigue sacando las vergüenzas de la gestión pública a la orilla de Ondarreta.

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