Hay un momento exacto, un segundo suspendido en el aire a las siete de la tarde de cada sábado previo al 15 de agosto, donde San Sebastián deja de respirar. Es el silencio antes del estruendo. Y cuando el Cañonazo retumba en los jardines de Alderdi Eder, la ciudad no solo empieza una fiesta; libera una energía acumulada durante todo el año.
Como persona que ha vivido la Aste Nagusia (Semana Grande) durante décadas, y como vecino que la ha vivido desde las barracas de niño hasta los conciertos de Sagüés de adulto, puedo decirte algo con certeza: esta no es una fiesta cualquiera. Es la celebración de una ciudad que sabe disfrutar de sí misma, una mezcla fascinante entre la elegancia de la Belle Époque y la reivindicación popular más canalla.
Si quieres entender qué ocurre en Donostia a mediados de agosto, olvida los folletos. Acompáñame a recorrer la historia, la pólvora y el salitre de nuestra semana más querida.
De la tragedia a la fiesta: Una perspectiva histórica
Para entender por qué celebramos con tanta intensidad, hay que mirar atrás. Curiosamente, el germen de nuestro carácter festivo nace de la destrucción. La Aste Nagusia moderna, tal como la entendemos, tiene sus raíces en la necesidad de atraer visitantes y revitalizar la ciudad a finales del siglo XIX, cuando Donostia se convirtió en el balneario de la realeza europea.
Sin embargo, el espíritu resiliente que impregna estas fechas conecta sutilmente con el recuerdo del incendio de 1813. Celebramos que seguimos aquí.
La era de la Corte y la «Belle Époque»
Originalmente, la Semana Grande se diseñó para entretener a la reina María Cristina y a la corte que veraneaba en el Palacio de Miramar. Eran tiempos de corridas de toros, bailes de casino y paseos de sombrilla por La Concha. De aquella época nos queda la tradición pirotécnica y ese aire de sofisticación que, aunque democratizado, la ciudad nunca ha perdido del todo.
El corazón de la fiesta: El Concurso Internacional de Fuegos Artificiales
Si hay algo sagrado en la Aste Nagusia, son los fuegos. No es simplemente «ver luces en el cielo». El Concurso Internacional de Fuegos Artificiales de San Sebastián es uno de los más prestigiosos del mundo. Aquí no se disparan cohetes al azar; es una danza de luz sobre el espejo de agua más bonito de Europa: la Bahía de La Concha.

Consejo de local: Olvida la aglomeración de la barandilla principal si quieres espacio. Mis lugares favoritos para verlos son:
- El Muro del Paseo Nuevo: Si el viento lo permite, es espectacular verlos estallar casi sobre tu cabeza.
- La playa de la Zurriola: Se ven de lado, pero el ambiente es más joven y relajado.
- Desde un barco: Si tienes la oportunidad, ver el reflejo desde el mar es una experiencia que te cambia la vida.
- Monte Urgull: Sube un poco antes y busca un hueco entre los árboles mirando a la bahía. Magia pura.
Y un detalle importante: tras los fuegos, la «estampida» hacia la Parte Vieja a por un helado o un bocadillo es parte del ritual. Tómalo con calma.
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La revolución popular: Donostiako Piratak
La evolución más significativa de la Semana Grande en las últimas dos décadas no vino del Ayuntamiento, sino de la gente. A principios de los 2000, surgió un sentimiento de que la fiesta se había vuelto demasiado oficial y rígida. Así nacieron los Donostiako Piratak (Los Piratas de Donostia).

Este colectivo transformó la fiesta devolviéndosela al pueblo. Su acto central, el Abordaje (Abordaia), es hoy una de las imágenes más icónicas de la semana: miles de donostiarras construyendo balsas caseras (y a menudo precarias) para «invadir» la playa de La Concha desde el puerto.
Es un espectáculo de color, humor y naufragios divertidos que simboliza la participación ciudadana. Si ves a gente con pañuelos y camisetas negras con la calavera, ya sabes quiénes son: el alma joven y reivindicativa de la fiesta.
Música, Gigantes y Deportes Rurales
La Aste Nagusia es un puzle donde cada pieza tiene su público:
- Los Conciertos de Sagüés: En la explanada de la Zurriola, frente al mar abierto. Aquí actúan los grandes nombres. El viento suele soplar fuerte, así que llévate una chaqueta fina (rebequita, como dirían nuestras madres), aunque sea agosto.

- Gigantes y Cabezudos: Cada mañana, el estruendo de las vejigas golpeando el suelo avisa a los niños. Es una tradición que pasa de generación en generación. Los gigantes bailan con una elegancia que desafía su tamaño, y los cabezudos… bueno, ellos se encargan de poner la adrenalina.
- Herri Kirolak: En la Plaza de la Trinidad o en el Boulevard, no puedes perderte las demostraciones de deporte rural vasco. Levantamiento de piedra, corte de troncos… es la conexión directa con nuestras raíces del caserío en plena urbe.
Novedades y el futuro de la fiesta
En los últimos años, la Aste Nagusia ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, escuchando la voz de la calle:
- Sostenibilidad: El vaso reutilizable ya es norma. La cantidad de plástico en el suelo ha bajado drásticamente, y es un compromiso que locales y visitantes hemos adoptado con orgullo.
- Puntos Morados y Seguridad: Hay un esfuerzo titánico por hacer de la fiesta un espacio seguro para las mujeres, con puntos de información y protocolo estricto contra agresiones. La fiesta es para todos, o no es fiesta.
- Más día, menos noche: La tendencia actual busca potenciar las actividades diurnas (mercados, charangas, gastronomía en la calle) para que la fiesta sea más inclusiva para familias y mayores, no solo para los noctámbulos.
La esencia que permanece
A pesar de los cambios, de los nuevos escenarios y de las modas musicales, la esencia sigue ahí. Está en el olor a churros en el Paseo de Francia, en el helado artesano mientras esperas los fuegos, y en cantar el Artillero a pleno pulmón aunque desafines.
La Semana Grande de Donostia no es algo que se ve, es algo que te atraviesa. Si vienes, no te limites a mirar. Mézclate, salta en el abordaje, come un pintxo en la Parte Vieja y deja que la ciudad te muestre su cara más alegre.
¿Nos vemos en el próximo Cañonazo?
